Salí del trabajo. Serían las siete aproximadamente. Era de noche. El tráfico fluía más rápido que de costumbre, todo lo contrario que mi mente, que parecía sumida en un caos ingobernable. Había sido un día largo, reuniones, llamadas, y para colmo un cursillo sobre como mejorar las técnicas de venta... Reconozco que José Luis, el chico que lo impartió, despertó en mí una curiosidad insospechada con su curso. El caso es que eso no viene al caso y me enrollo... ¿Por dónde iba?
-Por la parte en la que saliste del trabajo...
-Ah sí, continuo continuo, aquella tarde me decidí por probar un bar nuevo que acaban de abrir cerca de la Royal Mail. Parecía un sitio alternativo, de ambiente noble, dónde la música jugaba un importante papel. Aquellos discos de los Ramones, U2 o los Stones no paraban de girar en el tocadiscos. Las paredes estaban forradas de madera hasta media altura, y el sobrante de pared lo recubría un papel vinílico de rayas rojas y blancas. Unos imponentes retratos en blanco y negro, de aquellos músicos a los que soñaba parecerme, reposaban sobre ellas. Pero lo que más llamó mi atención fue la cantidad de banderas que, clavadas con chinchetas, daban color al techo. Ciertamente, cada vez que lo pienso, más acertada fue la decisión que tomé al entrar en ese bar, era mi ambiente, me sentía cómodo, parecía hecho a mi medida, y lo mejor es que no sabía que la persona que estaba a punto de cambiarlo todo, estaba detrás de la barra.
-Continúa anda..
-Disculpa si me enrollo, sabes que soy un hombre de detalles. Todo empezó con un diálogo corto... Si no recuerdo mal fue algo así...
-¿Qué desea caballero?-
-Una taza de té, por favor.
-¿Algún sabor en particular?
-Mmmm el de frutos rojos.
A los pocos minutos vino a servirme. Ese intervalo de tiempo fue el que tardé en comprender que me producía un sentimiento especial esa camarera. Pero como de costumbre no me atreví a mediar más palabra con ella. Aún así estuve un buen rato mirándola, observando su delicadeza, su inocencia, pues parecía más joven que yo, incluso atisbaba inquietudes que podíamos compartir. Por lo que después de pagar la cuenta, en un arrebato de valor la dejé una nota junto con la propina en la que escribí: "Se busca cambio de planes sin previo aviso dispuesto a girar el timón en plena tormenta por una sonrisa y un ven"
Al día siguiente cuando volví estaba esperándome en la puerta del bar con una maleta. En una mano un cartel en el que se podía leer: "se alquila" y una mochila, en la otra las llaves para abrir el bar. Me miró y me preguntó... -¿Qué elijes?
-¿Y qué elegiste?
-Lo sabes perfectamente tío.-Y mientras me reía, miré a mi izquierda en busca de la mirada cómplice de Blanca.
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